Estamos rodeados de adolescentes con poder.

Hipótesis sobre una civilización que olvidó cómo convertir a sus jóvenes en adultos.

Estamos rodeados de adolescentes con poder. No adolescentes de edad, sino de estructura interior: gente incapaz de sostener límite, frustración, responsabilidad o verdad, pero ocupando puestos desde los que dirigen familias, empresas, instituciones, relaciones y hasta países. Puede sonar exagerado al leerlo así, de entrada. Pero quizá solo suena exagerado porque hemos normalizado demasiado la inmadurez cuando viene vestida de cargo, dinero, discurso o prestigio.

A eso apunta esta hipótesis: una de las fallas más invisibles de Occidente no es solo moral, política o psicológica. Es iniciática. Hemos dejado de acompañar de forma clara el paso de la adolescencia a la adultez y luego nos sorprendemos de vivir en sociedades donde abundan los adultos biológicos sin forma adulta interior. Personas con edad, autonomía, salario, deseo, hijos, voto, mando o influencia, pero sin haber atravesado nunca de verdad un umbral que les obligara a salir de sí mismos.

Y aquí conviene afinar desde el principio. No estoy diciendo que todo el malestar contemporáneo se explique por esto. Sería una exageración floja. Tampoco estoy diciendo que el pasado tuviera resuelto el problema o que toda tradición iniciara bien a sus jóvenes. Muchas lo hicieron con violencia, rigidez o humillación. La cuestión no es idealizar lo anterior. La cuestión es otra: cuando una sociedad pierde sus ritos de paso, no elimina la necesidad humana que esos ritos contenían. Lo que elimina es la forma. Y una necesidad humana sin forma no desaparece: se degrada, se desplaza o se pudre.

Por eso el problema es más hondo de lo que parece. No hablamos de un detalle antropológico curioso ni de una pieza folclórica perdida. Hablamos de uno de los mecanismos culturales que ayudaban a transformar potencia en forma, deseo en orientación, dependencia en responsabilidad y pertenencia pasiva en presencia activa. Hablamos, en definitiva, de cómo una comunidad ayudaba a producir adultos.

Porque conviene decirlo sin rodeos: crecer no basta. Cumplir años no basta. Trabajar no basta. Tener pareja no basta. Tener hijos tampoco basta. Ni siquiera sufrir basta. La adultez no llega automáticamente con la biología ni con la acumulación de experiencias. Llega —cuando llega— con una transformación más difícil de nombrar y mucho más difícil de sostener: la aceptación del límite, la capacidad de soportar frustración sin desplomarse ni descargarla fuera, la orientación de la fuerza, la responsabilidad sobre la propia palabra y una salida real del centro narcisista del yo.

Jung entendió muy bien que lo no integrado no desaparece. Se va a la sombra. Y desde la sombra actúa. Si una cultura no acompaña la integración de la adolescencia, esa adolescencia no resuelta no se esfuma: se vuelve subterránea, se disfraza, se racionaliza, se vuelve socialmente funcional y acaba apareciendo en lugares de mando. Campbell mostró que no hay héroe sin umbral, sin prueba, sin pérdida, sin transformación del estado interior. Eliade explicó que el rito no era simple teatro sagrado, sino una tecnología simbólica para cambiar el modo de ser. Si juntamos esas intuiciones, lo que aparece es bastante claro: una cultura que ya no sabe señalar un umbral entre una edad y otra produce individuos que crecen físicamente, pero quedan inciertos en su posición interior.

Y cuando eso ocurre a gran escala, las consecuencias no son pequeñas.

El primer error sería pensar que estamos hablando solo de “la juventud de hoy”. No. Hablamos de toda una cultura alargada en adolescencia. Hablamos de adultos que quieren ser reconocidos, pero no corregidos; deseados, pero no responsabilizados; libres, pero no vinculados; expresivos, pero no necesariamente verdaderos; sensibles, pero incapaces de sostener fricción sin leerla como agresión. Hablamos de sujetos que han sofisticado su lenguaje, pero no siempre su estructura. Y tal vez esa sea una de las trampas del presente: confundir complejidad verbal con madurez real.

Eso se ve con especial crudeza en el caso masculino. El varón atraviesa la pubertad, claro, pero su paso a la adultez queda culturalmente mucho más difuso si no hay rito, exigencia o forma compartida. Su cuerpo gana potencia, impulso, fuerza, empuje, deseo. Pero esa potencia no trae consigo una figura interior. La biología lo empuja; no lo ordena. Sin intervención cultural, sin un trabajo de forma, el varón queda especialmente expuesto a confundir potencia con adultez. Y de ahí brotan muchas de las patologías que luego intentamos leer por separado: abuso, dominación, deseo sin responsabilidad, dificultad para sostener vínculo, ironía defensiva, huida ante el límite, victimismo encubierto, grandiosidad emocionalmente frágil o necesidad de validación disfrazada de independencia.

Aquí es importante no ser simplones. El problema no es que el hombre tenga fuerza. El problema es entregarle fuerza social sin haberla templado. El problema no es la masculinidad como tal, sino una potencia sin forma, una energía no iniciada, una adultez asumida por imitación externa pero no conquistada interiormente. Por eso aparecen hombres que parecen maduros porque funcionan, producen, seducen o mandan, pero que ante el conflicto se revelan internamente adolescentes: no soportan corrección, convierten el límite en ofensa, el compromiso en pérdida de libertad y la responsabilidad en carga injusta.

Y sin embargo, sería un error cargar toda la tesis sobre el varón como si la mujer quedara automáticamente resuelta. No. Aquí hay que introducir una diferencia importante: la mujer atraviesa un umbral corporal más definido. La menstruación y todo el cambio hormonal, temporal y simbólico que la acompaña marcan un paso real. No la convierten automáticamente en adulta, por supuesto, pero sí introducen un umbral biológico más nítido que el del varón. En ese sentido, su cuerpo señala algo que en el hombre queda más en niebla.

Pero precisamente por eso la cuestión se vuelve más interesante, no menos. La biología puede abrir un umbral; solo la cultura puede darle forma. Y lo que vemos hoy es que, aunque en la mujer exista ese paso corporal, su papel social y cultural también padece una prolongación de la adolescencia. No desde el mismo punto de partida que el hombre, pero sí bajo otra forma: relación conflictiva con el propio valor, dependencia de validación, dificultad para integrar poder y vínculo, oscilación entre autoafirmación y fragilidad, captura del deseo por modelos culturales contradictorios. Es decir: el cuerpo marca algo, pero si la cultura no acompaña, el cambio no madura, solo se expresa.

La diferencia importa porque afina la hipótesis. El varón, sin rito, queda especialmente expuesto a confundir potencia con forma. La mujer, aun con un umbral corporal más claro, tampoco recibe hoy un contorno cultural suficiente para transformar ese paso en adultez plena. Así que ambos pueden quedar atrapados en formas distintas de tardo-adolescencia, aunque con síntomas diferentes. No son dos problemas separados, sino dos expresiones diferenciadas de una misma desritualización cultural.

Y esto baja con toda su crudeza al terreno de la pareja y de los vínculos. Allí se ve con bastante verdad quién ha madurado y quién solo ha aprendido lenguaje. Muchas relaciones contemporáneas están llenas de discurso emocional y vacías de estructura interior. Personas que piden profundidad, pero rehúyen forma. Que quieren ser amadas, pero no interpeladas. Que hablan de vulnerabilidad, pero no soportan corrección. Que anhelan intensidad, pero no consistencia. El hartazgo femenino ante ciertos perfiles masculinos nace muchas veces de ahí: no solo del machismo clásico, sino del cansancio frente a hombres psíquicamente inmaduros, hombres que quieren comprensión sin exigencia, libertad sin carga, deseo sin responsabilidad. Pero el fenómeno no se limita a ellos. También muchas mujeres reproducen formas de adolescencia prolongada en el vínculo: demanda constante de validación, dramatización del conflicto, incapacidad de sostener ambivalencia o dependencia afectiva sofisticada.

Dicho de otro modo: una cultura sin iniciación produce relaciones llenas de emoción y pobres en centro.

En el trabajo, la política y la vida pública ocurre algo parecido. Tenemos adultos técnicamente competentes, pero interiormente descentrados. Personas con habilidades reales, formación, salario, mando o visibilidad, pero sin la forma interior suficiente para no convertir el trabajo en escenario de validación, rivalidad, miedo o abuso. De ahí surgen jefes tiránicos, líderes narcisistas, incapacidad de cooperación auténtica, culturas laborales gobernadas por egos inseguros con herramientas sofisticadas. No faltan habilidades. Falta umbral.

En política esto se vuelve aún más evidente. Reacción inmediata, pensamiento binario, necesidad de pertenencia identitaria, incapacidad de soportar ambigüedad, fascinación por líderes duros, hipersensibilidad moral convertida en escudo o deseo de orden absoluto después de haber vaciado toda forma interior. Se diría que, en demasiados casos, la esfera pública no está gobernada por adultos capaces de soportar complejidad, sino por psiquismos adolescentes con capacidad de amplificación.

Y aquí aparece uno de los puntos más finos y quizá más graves de toda esta hipótesis: cuando una sociedad no logra interiorizar forma, límite y responsabilidad en sus miembros, se ve obligada a externalizarlos cada vez más en normas, procedimientos y legislación. No se trata de una crítica torpe a la ley. La ley es necesaria. El problema aparece cuando empieza a funcionar como sustituto de conciencia, de criterio y de madurez interior.

Eso es exactamente lo que parece estar ocurriendo en muchos ámbitos. Ya no nos preguntamos con tanta facilidad: “¿esto es justo?”, “¿esto es digno?”, “¿esto es proporcionado?”, “¿esto está bien aunque nadie me vea?”. La pregunta se desplaza a otra mucho más pobre: “¿esto se puede?”. Si no está prohibido, parece permitido. Si no está legislado, parece moralmente neutro. Si la norma no lo contempla, el sujeto se siente legitimado a actuar aunque intuya que está mal. La ética se reduce a compliance. Y eso no es un signo de madurez civilizatoria, sino muchas veces de su debilidad.

La hipertrofia de la ley suele ser el síntoma de una atrofia del criterio interior.

Una sociedad madura no prescinde de la ley, pero no necesita convertirla en prótesis constante de lo que sus miembros ya no saben sostener por sí mismos. Cuando una comunidad no forma adultos, acaba intentando gobernar adolescentes mediante reglamentos. Y cuanto menos confía en la madurez ética de sus miembros, más minuciosa, más rígida y más invasiva se vuelve su normatividad. No porque la ley sea mala, sino porque está supliendo algo que debería existir antes: criterio, contención, forma, interiorización del límite.

Por eso las civilizaciones no caen solo por corrupción o por exceso, sino también por rigidificación. Hay un punto en el que el cuerpo social ya no sabe autorregularse y necesita que todo venga descrito, codificado, legislado, fiscalizado. Ya no basta con comprender; hay que reglamentar. Ya no basta con el juicio; hace falta procedimiento. Ya no basta con la conciencia; hace falta protocolo. Es una sociedad asustada de sus propios miembros, precisamente porque sospecha que no son adultos suficientes como para moverse con criterio si no se les pone línea por línea el perímetro del campo.

Y entonces aparece la doble patología de una cultura no iniciática: por un lado, el desborde emocional, la inmadurez, la dispersión, la demanda constante de reconocimiento; por otro, la nostalgia de orden, la fantasía de que alguien venga a poner normas claras, la fascinación por la estructura externa que sustituya la forma no conquistada interiormente. Primero se diluyen los límites y luego se clama por autoridad. Primero se vacía la iniciación y luego se suplica disciplina.

Cuando una cultura deja de iniciar, termina pidiendo orden desde fuera.

Eso quizá explique mucho de nuestro momento histórico. No solo la llamada “masculinidad tóxica”, no solo ciertas formas de sensibilidad performativa, no solo la polarización política, no solo el cansancio relacional o el abuso laboral. Todo eso puede leerse, al menos en parte, como expresiones distintas de una misma falla de maduración. No de una falta de información. No de una falta de leyes. No de una falta de discurso. De una falta de paso.

No hemos dejado de producir poder; hemos dejado de producir adultez.

Y si esta hipótesis toca algo verdadero, entonces parte del malestar contemporáneo no podrá resolverse solo con más legislación, más pedagogía, más gestión emocional o más sensibilidad declarativa. Habrá que volver a pensar cómo una cultura forma adultos. Cómo integra la fuerza. Cómo transmite límite. Cómo transforma la pubertad en responsabilidad. Cómo acompaña el paso entre una edad y otra sin caer ni en la humillación ni en la caricatura.

Tal vez no podamos devolver al mundo la forma que perdió. Pero sí podemos negarnos a seguir llamando normal a una civilización que ha olvidado cómo convertir a sus jóvenes en adultos y luego se sorprende de ser gobernada, en demasiados niveles, por adolescentes con poder.

Porque cuando falta el umbral, no desaparece la adolescencia: se queda a vivir entre nosotros.

Anterior
Anterior

We Are Surrounded by Adolescents with Power.

Siguiente
Siguiente

Jealousy: the character we thought we were in the other’s gaze.